MIRÁNDOTE VIDA

miércoles, 17 de octubre de 2012

Todo el tiempo en un abrazo




No hace mucho fue que pude entender lo maravillosa que es la vida con nosotros, a pesar de todas y cada una de sus incomprensiones, de esos días en que parece que todo anda desencajado, ya que a veces se nos presentan a cada instante situaciones que nos desarman, que nos descontrolan, que nos dejan al lado de la vía, en plena lluvia y sin la posibilidad de reaccionar, días como de fieras sueltas, como de tormentas, traiciones y soledades que nos parten en mil pedazos sin saber como armarnos de nuevo.

Resulta que Amanda llegó cuando la esperábamos, así es, este era su momento este era su lugar, llegó como todos los niños, llegó del vientre de una madre que con el pasar del tiempo se volvió cuidado, entrega, vigilia, lazarillo y compañera.

Apenas al nacer ya sabíamos que Amanda era portadora de Trisomía XXI o Síndrome de Down, nombres médicos o designaciones científicas que siguen sin explicarnos tantas cosas, y que ya a estas alturas de la vida nos interesa poco resolver, Amanda siempre tiene las respuestas que no conseguimos en ninguna parte y más aún, que jamás hemos buscado pero que sin querer nos asaltan en los caminos.

Así han ido pasando los días, los años y con ellos sin darnos cuenta la vida, nuestros días son con Amanda, son en su compañía, casi nunca hemos pasado una hora sin su necesaria presencia, desde muy pequeña hubo que ayudarla a subir al parque  al carro, a subir un pequeño escalón, sobre alguna silla muy alta, a levantarla del piso cada vez que se nos caía sin razón aparente, el tiempo fue pasando y con él crecieron los abrazos, abrazos necesarios para poder ayudarla en sus movimientos más rudimentarios, pero con ellos iban también  los besos, las caricias, las palabras que le digan que “todo anda bien, tranquila que aquí estamos y juntos vamos a donde quieras ir”.

Ahora después de 13 años Amanda sigue a nuestro lado y feliz, a veces callada, pensativa, otras a veces jocosa, bromista, madura. Sólo ella sabrá la dimensión exacta de sus pensamientos, su visión de nosotros.

Fue apenas hace tres años que supimos que además Amanda, padecía “Atrofia Muscular Espinal” de ahí su gran debilidad hasta para poder levantarse de algún sillón, para sentarse en el piso o para pararse.

Fue no hace mucho que entendí, esos regalos que la vida siempre nos da y que pocas veces nos damos cuenta y que casi nunca valoramos en toda su inmensidad.

Resulta que para lograr poner a Amanda de pie va un abrazo, para subirla al vehículo va otro abrazo, para subirla por largos escalones va un gran abrazo, si hay que bajarla de algún lugar va otro abrazo, para montarla a un columpio va el abrazo, para colocarla cómoda en su cama va el abrazo y siempre en compañía del beso y las palabras reciprocas y amorosas.

Así a cada segundo, a cada hora, en cada día, son incontables las veces que abrazo y abrazamos a Amanda para ayudarla en su cotidianidad, ella nos abraza y nos lleva a su pecho a sus latidos, en ella nos sentimos uno, como quien recibe en cada abrazo un trasplante de corazón.

Abrazo, abrazos, abrazados vamos a la vida.

Ella en su abrazo nos entrega la energía que le falta, la fuerza que le falta, y que es la fuerza que nos mueve, la fuerza que hace girar nuestro mundo, la fuerza suficiente para dinamitar cualquier tristeza.

Hace poco lo entendí, pocas personas tienen el placer, el regalo de abrazar tanto a un ser querido, a los hijos, a los padres, a la pareja, a los amigos.  Que sabroso y necesario es un abrazo, imagina miles del ser que más amas.

Amanda es nuestro abrazo cotidiano, Amanda es el abrazo que nos compacta, que nos acomoda y nos ordena las piezas del alma, cuando andamos partidos por la mitad.    

Abrazos.

Andrés Castillo