MIRÁNDOTE VIDA

martes, 14 de junio de 2011

LA ACECHANTE OTREDAD



Cambio una mirada por un espacio accesible

Sin lugar a dudas se ha ganado bastante espacio en la sociedad venezolana en cuanto al respeto, derecho e inclusión de las personas con alguna discapacidad, a los distintos escenarios de la vida nacional.

Es bueno recordarlo espacios ganados por la misma voluntad y capacidad demostrada con un ciclópeo esfuerzo de quienes padecen alguna limitación física o intelectual.

Pasando por el reconocimiento dentro de nuestra constitución, enorme logro, hasta leyes para la incorporación laboral y alguno que otro derecho reconocido, lo que conlleva a decir: el saldo es de verdad muy positivo. Pero falta mucho por alcanzar, más allá de la norma, la ley, la orden, los decretos y consensos, ya que muchas veces se tornan letra muerta y peor aún, desconocida si no es asumida como algo lógico dentro la cotidianidad, como un aprendizaje necesario de todos, como seres de relación independientemente si poseemos o no alguna discapacidad.

Muchas veces seguimos percibiendo la inclusión como una hazaña, como un logro extraordinario, como algo pintoresco y hasta como ejemplo para justificar la razonable “incapacidad” de quien teniendo todas sus facultades no ha alcanzado ciertos “logros o triunfos”.

Siempre hemos dicho que las personas con discapacidad tienen que demostrar cada día, todo aquello por lo que a las demás personas nadie les reprocha.

Cuando las personas con discapacidad pasen desapercibidas en el diario vivir y dentro del complejo entramado de relaciones de nuestra sociedad, como tú, yo, él, nosotros, podremos decir que le han sido respetado todos sus derechos y que la inclusión pregonada es una realidad.

Digo todo esto por cuanto vemos lo difícil que resulta, para que esos derechos sean llevados a la práctica en nuestra cotidianidad de manera espontánea, sin alharaca sentimentalosa, sin sentir que se está ganando el cielo al cumplir el deber que tenemos con nuestros semejantes, “corresponsabilidad” se llama eso, es un derecho como otros tantos y “nadie es si prohíbe que otros sean” nos decía el maestro Paulo Freire.



A pesar de cada logro alcanzado que no dejamos de celebrar, hay muchos abismos que sortear, se siguen construyendo edificios y espacios públicos si pensar en las personas con discapacidad, se siguen remodelando patrimonios arquitectónicos y centros públicos, sin tomar en cuenta los accesos adecuados para las personas con discapacidad, se permite la inclusión de niños y jóvenes a colegios sin obligar a realizar las modificaciones necesarias, curriculares y adaptaciones de sus espacios físicos.

Es decir, se abren los portones y siguen cerradas las pequeñas puertas internas de la inclusión social.

Es una realidad que se agiganta lamentablemente, a pesar de los avances que hemos dado, falta una mayor toma de conciencia, sanciones más severas y sobretodo un movimiento nacional que motorice un cambio de paradigma, un cambio cultural como ciudadanos, que trascienda viejos esquemas llenos de estereotipos y complejos que muchas veces nos cuesta reconocer, no olvidemos que el problema de la discapacidad no es sólo un problema médico asistencial, lo es también de poder, dentro de las relaciones con los demás.



Esto que he narrado hasta aquí, se abraza fácilmente con el modo en que nos relacionamos en los espacios públicos, sigue aún asombrando a muchos de nuestros semejantes el ver a alguien con una silla de ruedas andar por la vida de manera natural, besando a su pareja, trabajando, estudiando o en ocio creativo, viviendo, pareciera que es extraño que algún niño o niña con discapacidad motora deambule por los espacios públicos sin tener que sentir alguna mirada como de sorpresa, escrutadora, evaluadora, susurros y ojos que acechan, invadiendo la tranquilidad de padres y acompañantes, miradas a veces como pidiendo explicación que “los ayude a entenderse dentro de su realidad normalizada”.

Hablo por nuestra experiencia y no lanzo a nadie la responsabilidad de mis palabras, aún cuando creemos tener muy sano nuestro encuentro con la discapacidad de Amanda, no deja de incomodar e interrumpir nuestro andar, la invasión de las miradas clavadas sobre el cuerpo de nuestra hija al subir una escalera con dificultad, al mirar sus pasos lentos y pausados, el enorme esfuerzo por seguir andado o al percibir su rostro hermosamente achinado y que amamos con locura. Tratamos siempre de entender, de educar con algún gesto y con la palabra si nos lo permiten, tratamos de pasar por alto el acecho, y la palabra que nos dice: “esos niños son muy inteligentes”, palabra que descubre mi gigantesca ignorancia al no saber que me quisieron decir.

“Necesitamos, por tanto, educar la mirada, mirar de
otro modo, para ver la posibilidad, junto con lo que es,
con lo que se manifiesta. Si, como ha escrito Milagros
Rivera (2000), “lo singular es lo nuevo que aporta
al mundo común cada criatura humana que nace”,
nuestra mirada tiene que estar sensible a percibir esa
singularidad: la de toda persona y también la de cada
relación con cada una. Más allá de las diferencias categorialmente
constituidas, tenemos que ver las diferencias
particulares que deshacen cualquier juicio a
priori sobre las criaturas humanas y las relaciones”
Jose Conteras

Sigue siendo invasivo esa rebelión de la mirada de la que nos hablara Carlos Skliar.

Creemos que nuestra sociedad debe ser más solidaria que evaluadora, más respetuosa al encuentro con el otro, que la curiosa morbosidad hacia “los diferentes”, se debe cambiar viejos conceptos culturales torpemente aprendidos y repetidos, conceptos ligados a la belleza, a la salud, al cuerpo, a la convivencia, a la absurda comparación con la mismidad, a la torpe justificación de una tal “normalidad” que se evapora en el rostro de unos supuestos “anormales”.

Es decir: respeto a la presencia del otro.
Como lo diría una canción de la agrupación cubana Buena fe en “Catalejo”:

“Tengo un catalejo con él
la luna se ve
Marte se ve
hasta plutón se ve
pero el meñique del pie
no se me ve
Tengo un catalejo
cuando lo pongo al revés
no se entender
y lo pongo otra vez en su lugar
porque así es como único se mirar”.

Hace poco fui con Amanda de paseo, que impotencia es andar por esta ciudad sin tener que hacer maromas, giros, vueltas y hasta tristes retiradas, al no conseguir una rampa por donde bajar para poder llegar al lugar donde Amanda quería ir, las miradas nos perseguían como asombradas, pendientes de nosotros en un lugar abarrotado de tanta gente, nos fuimos sorteando todos los obstáculos hasta encontrar un lugar que no le robe a mi hija la libertad de andar como todos los demás.

Es ahí cuando digo: cambio todas las miradas por una rampa y por un espacio accesible que le permita abrazar sus derechos, así la otredad de Amanda pasaría tranquila, como una más, como la tuya o la de todos.

“Juzgar la normalidad, no la anormalidad.

No temo en afirmar que la educación especial, así como la educación en general, no se preocupan con las diferencias sino con aquello que podríamos denominar como una cierta obsesión por los “diferentes”, por los “extraños”, o tal vez en otro sentido, por “los anormales”.
Me parece crucial trazar aquí un rápido semblante sobre esta cuestión pues se viene confundiendo digamos trágicamente la/s “diferencia/s” con los “diferentes”
Los “diferentes” obedecen a una construcción, una invención, son un reflejo de un largo proceso que podríamos llamar de “diferencialismo”, esto es, una actitud –sin dudas racista- de separación y de disminución de algunos trazos, de algunas marcas, de algunas identidades en relación a la vasta generalidad de diferencias...
La diferencias no pueden ser presentadas ni descriptas en términos de mejor o peor, bien o mal, superior o inferior, positivas o negativas, etc.

Son, simplemente, diferencias”.
Carlos Skliar

Andrés Castillo

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